1. INVITATORIO

Por lo regular, el oficio viene introducido por el invitatorio. Está constituido éste por una antífona, variable según los tiempos y los días, y por el Sal 94 (intercambiable con el 999; 66; 23); y se recita al comienzo, es decir, antes del oficio de lectura o de las laudes, después del versículo: “Señor, ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza”. El solista enuncia la antífona y ejecuta las estrofas del salmo con el Gloria final. El coro repite la antífona y la intercala (OGLH 34; cf Ordinario de la LH). Si el invitatorio hubiera de preceder a las laudes, se puede omitir eventualmente (OGLH35) para no oscurecer el carácter inaugural del himno (cf OGLH42), al menos en esta hora, que con mayor frecuencia se celebra con el pueblo y se canta. En, este caso se comienza con: “Dios mío, ven en mi auxilio…, Gloria”, himno. El invitatorio preanuncia la orientación de alabanza y fiesta de todo el oficio (“Venid, aclamemos al Señor”, pero hace también un llamamiento a las disposiciones interiores necesarias para la escucha de la palabra de Dios (“Ojalá escuchéis hoy su voz”).  

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