5. COMPLETAS

 

Después del versículo introductorio, común a otras horas, viene el acto penitencial, es decir, el examen de conciencia, que puede estar precedido o seguido por fórmulas apropiadas, tal vez según el modelo de las de la misa. Antes de acabar la jornada de trabajo se pide perdón a Dios por las faltas eventuales. Así han hecho siempre los fieles dotados de cierta sensibilidad religiosa. En los monasterios se convirtió en una costumbre institucionalizada y acogida por las diversas reglas.

La edición castellana de la LH propone un himno para cada día de la semana, menos después de las segundas vísperas del domingo y de las solemnidades, en que trae dos a libre elección. El contenido de los himnos es el específico de completas: la petición confiada para obtener la protección divina durante el reposonocturno.

Los salmos han sido escogidos o por la alusión a la noche, o bien, y preferentemente, porque expresan el abandono confiado en las manos de Dios y la invocación de su bendición.

A los cuatro salmos (4; 30,2-6; 90; 133) que rezó cada día la iglesia romana durante más de doce siglos (hasta san Pío X, que interrumpió la tradición), se añaden otros cinco (85; 142; 129; 15; 87), necesarios para completar el ciclo semanal, teniendo en cuenta que en dos días se encuentra un par de ellos.

Los siete pasajes bíblicos que forman la lectura breve de cada día prolongan la línea de la esperanza, pero estimulan también el amor de Dios y del prójimo. El responsorio está formado con las palabras del Sal 30,6 dichas por Jesús en la cruz: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Tienen también una resonancia particular en el corazón del cristiano, que se abandona confiada y totalmente a Dios.

El cántico de Simeón, pronunciado por él en el atardecer de su vida, se convierte en el canto del cristiano al final de su jornada entregada a la actividad.

Las oraciones de completas son siete, una para cada oficio, más la fórmula “Visita” para las solemnidades extradominicales. Ven el descanso nocturno en función de un servicio a Dios más diligente y comprometido. En este contexto también la fórmula final: “El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa”, es profundamente cristiana, porque considera la recuperación normal de las energías en orden al trabajo y al buen combate por el reino de Dios. Es la perspectiva del Apóstol (1 Cor 10,31). El sueño y el despertar del cristiano son además símbolos de la solidaridad mística con Cristo muerto, sepultado y resucitado (oración del viernes).

La LH, según una piadosa tradición, atestiguada ya al menos desde los siglos XII-XIII, se cierra con un saludo a la Virgen, la Madre celestial, que velará el sueño de sus hijos. Por eso se recita o se canta la Salve Regina u otro canto mariano previsto por el ordinario.

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